Evangelio

“Si  mi lapicero tuviera el don de lágrimas”,  “Escribiría un libro titulado El Indígena y haría llorar a todo el mundo”. (Juan Montalvo).

La historia real de los pueblos Indígenas Evangélicos del Ecuador, de manera particular de Chimborazo, es un misterio como un tesoro escondido; a través de este breve escrito queremos hacer conocer parte de ella.

Julia y  Ela, primeras Misioneras en la población Indígena en la provincia de Chimborazo territorio de unos 150.000 Quichuas Describe lo siguiente:

Desde la conquista  Española, los patrones Españoles habían mantenido a los quichuas en una esclavitud virtual.

Los españoles mantenían a los Quichuas en el nivel más bajo de la sociedad y los patrones les trataban como su propiedad personal y a veces aun peor que a sus mismos animales. Los españoles no lograron erradicar el idioma ni las costumbres de los Quichuas, pero si tomaron algo aun más precioso: su autoestima.

Las misioneras descubrieron, que los españoles blancos, mayormente los hacendados y comerciantes, eran la clase más alta. Luego seguían los mestizos con mescla de sangre europea e indígena, quienes controlaban la mayoría de los negocios de la región. Bajo ellos estaban los cholos, también con sangre mixta pero con menos ventajas económicas y sociales que los mestizos. Pero debajo de todas las clases sociales estaban los Quichuas.

La mayoría de las familias quichuas vivían en una dependencia miserable en las haciendas. Por su trabajo gratis en la hacienda, el hombre Quichua recibía un pedazo pequeño de tierra marginal, el huasipungo, en el que debía cultivar comida para su propia familia. Otros Quichuas trabajaban para el hacendado a cambio del privilegio de pastorear sus pocas ovejas y vacas en el terreno de la hacienda. Muchas veces los mayordomos de las haciendas azotaban o trataban con brutalidad a sus peones Quichuas. A veces robaban los animales de los quichuas para obligar a trabajar días adicionales a cambio de devolverles los animales.

Las misioneras sentían compasión por los Quichuas, quienes, en su mayor parte, eran muy pobres y malnutridos.

Casi todos sufrían de parásitos e infecciones por amebas. Muchos sufrían de llagas por falta de agua para bañarse. También tenían piojos.

Cuando les preguntaban, “¿Cuántos hijos tienen?” la respuesta común de los Quichuas era, “¿Vivos o muertos?”. Por causa de las enfermedades y falta de atención médica, solo el 50% de los niños Quichuas sobrevivían la niñez. Los problemas de los Quichuas se complicaban aun más porque gastaban todo su dinero emborrachándose frecuentemente  en las fiestas.

Sin embargo, las misioneras sentían que los problemas espirituales de los Quichuas eran tan serios como sus problemas físicos.

Después de sus primeras tres semanas en Caliata, Ela Ozman escribió a la revista de la UME, The Gospel Message (El Mensaje Evangélico), “ellos los Quichuas no tiene esperanza para la eternidad, y cuando recordamos que nosotras somos las únicas – en todo esta región que vivimos salvos en Cristo, anhelamos cada día poder compartir del salvador con esta querida gente tan oprimida, despreciada y descarriada en el pecada.

Aún peor en la estimación de las misioneras, la borrachera y las fiestas mayormente estaban vinculados con alguna ceremonia religiosa en homenaje a una variedad de santos y vírgenes. Los hombres Quichuas pagaban por el privilegio de desfilar con una de las estatuas o imágenes, creyendo que esto les traería bendición.

Algo aún más importante para los Quichuas era  apadrinar una fiesta que les traía prestigio en la comunidad. El alcalde, o padrino de las fiestas típicamente recibía un bastón ornamental. Era el único prestigio social que podría lograr un hombre Quichua. Naturalmente, él que rehusaba apadrinar una fiesta recibía el desprecio de sus demás compañeros. Al padrino de la fiesta le tocaba pagar por la debida, la comida la banda, y el sacerdote que pronunciaba la bendición, y esto significaba endeudarse o gastar más de un año de ahorros. Los hombres a veces conseguían dinero de los  prestamistas mestizos  a un interés muy elevado. Si conseguían de los hacendados, solo se sujetarían al patrón por aun más tiempo hasta lograr pagar su préstamo.